Hace muchos años me planteé como docente y psicopedagoga
la importancia de enseñar a vivir y a convivir, y empecé este
camino de la educación emocional desde la psicomotricidad
relacional, el juego simbólico como campo de aprendizaje.
Allí afloraba una información de gran riqueza sobre
el mundo afectivo y relacional de los alumnos, y pude comprobar
que la decodificación de este mundo me permitía
conectar con los alumnos y sus familias, y crear un clima en
el aula que favorecía el aprendizaje y la buena convivencia.
Esta
vivencia en los inicios de mi carrera docente actuó como
motor que me hizo buscar recursos, formarme para tener cada vez
más herramientas a fin de poder decodificar el mundo de
las emociones y poder entender cómo operaban los elementos
relacionales en la educación. Pues bien, después
de veinticinco años, sigo investigando. Ha sido un largo
camino de cursos, lecturas, terapias, experiencias… un
hilo conductor apasionante que motiva mi investigación.
En el año 2000 tuve noticia del trabajo de Bert Hellinger
en relación con las constelaciones familiares. Mi primera
reacción fue de sorpresa, para después pensar que
estaba ante algo realmente grande. Me inundó una profunda
emoción. Conocía a fondo las aportaciones de Sigmund
Freud respecto al inconsciente y también otras terapias,
pero lo que veía y sentía ahora era algo que iba
mucho más allá. Se manifestaba el inconsciente
de todo el sistema familiar. Hellinger había encontrado
una metodología que hacía posible acercarse a mirar
un sistema y comprender los órdenes que regían
su funcionamiento. Me pareció fascinante y pensé que
era un regalo para la humanidad.
Inicié mi formación
en constelaciones familiares, y conocí a Bert Hellinger
y a otros muchos terapeutas alemanes y españoles que aplicaban
esa mirada sistémica.
Esta nueva visión cambió mi forma de posicionarme
en todos los ámbitos de mi vida: personales y profesionales.
Asimismo, se convirtió en el eje vertebrador que me permitía
integrar e incluir mis conocimientos previos al tiempo que los
ordenaba.
Conocí el trabajo de Marianne Franke, que había
aplicado estos órdenes a la educación y había
evidenciado sus posibilidades. Poco después descubrí el
trabajo que Angélica Olvera y su marido, Alfonso Malpica,
estaban llevando a cabo en el Centro Universitario Doctor Emilio
Cárdenas (CUDEC), en México. Lo llamaban pedagogía
sistémica y tenían una dilatada experiencia pedagógica
con maestros, familias y alumnos en la aplicación de este
enfoque. Con ellos descubrí que la pedagogía sistémica
ofrecía grandes posibilidades a la educación, y
que aportaba unas soluciones totalmente novedosas.
Desde entonces, este enfoque sistémico pedagógico,
se convirtió en una verdadera pasión, dado los
resultados que obtenía con él. En mi tarea como
psicopedagoga, disponía ahora de una herramienta que en
muy poco tiempo me permitía ver y ampliar la mirada y
comprender contextos que antes ni imaginaba. Veía que
era algo que hacía mucho bien a los alumnos y a las familias,
y que repercutía positivamente en el aprendizaje.
Como
formadora de profesores comencé a compartir en los
cursos y asesorías con maestros esta nueva visión
sistémica. Constaté la buena acogida que tenía
entre ellos y que agradecían estas propuestas y las aplicaban
con los alumnos y las familias, y en la dinámica de sus
centros educativos. En el libro, “Pedagogía Sistémica,
fundamentos y práctica“ están recogidas muchas
de sus aportaciones, que citaré en muchas ocasiones como
ejemplos, y desde aquí quiero darles las gracias a todos
y todas.