 Bert Hellinger es
un pedagogo y terapeuta alemán con una
amplia formación psicoanalítica, filosófica
y científica.
A principios de los ochenta desarrolló un método muy
innovador, el método de las constelaciones familiares, basándose
en la observación de unas leyes que operan en los sistemas
humanos --la familia, los grupos sociales, las instituciones, etc.--
y que él llamó «órdenes del amor» (Hellinger,
2001). Estas leyes tratan de reducir el desorden de los sistemas
a fin de que sean más funcionales y operativos en sus funciones,
y a fin de restablecer el equilibrio y que cada persona encuentre
el lugar que le permita desarrollar su destino.
Los grupos humanos
se rigen por patrones innatos, a los cuales se van añadiendo
todos aquellos que se van construyendo en la interacción cotidiana.
Para compensar desequilibrios, cada familia construye una conciencia
formada por los hechos significativos que han ocurrido, creencias,
valores y maneras de hacer y de posicionarse que aseguran su supervivencia
y pertenencia al sistema.
La familia es un sistema abierto que tiene unas
leyes de funcionamiento que afectan a todos sus miembros, de forma
consciente e inconsciente. El cambio en un miembro afecta a todos
los demás, ya que están
interconectados. Los sistemas familiares y sociales tienden a autorregularse
para asegurar su supervivencia, se nutren y se vinculan con otros
sistemas, llegando a constituir clanes, grupos, comunidades, etc.
enriquecidos por innombrables virtudes y, al mismo tiempo, limitados
por numerosos conflictos, desórdenes que vamos tejiendo a
lo largo del tiempo.
Estos órdenes son leyes naturales que operan en todos los
grupos humanos. Su transgresión será el origen de los
conflictos y discordias que se pueden manifestar como patologías
individuales, familiares, grupales y sociales.
Cada ser humano lleva consigo una información
hereditaria que está impresa en lo más profundo de
su ser, que subyace en el inconsciente colectivo de los sistemas
a los que pertenece y marca a cada persona de una forma particular.
Estos órdenes del amor que ha observado Bert
Hellinger son las condiciones para que fluyan las relaciones y la
vida y pueden resumirse en lo siguiente:
-
La vinculación y el derecho a la pertenencia. Cada persona
tiene la necesidad de estar vinculada al sistema al que pertenece.
Los miembros de un sistema tienen derecho a la pertenencia. El
no reconocimiento del lugar que ocupa un miembro (exclusión,
rechazo, desprecio, olvido) tiene consecuencias sistémicas,
como pueden ser la identificación o repetición de
patrones a través de varias generaciones.
-
El equilibrio entre el dar y el recibir. Todos
los sistemas humanos tienen la tendencia y la necesidad de equilibrarse.
Toda relación
es un equilibrio, pero es diferente entre iguales. Entre un hombre
y una mujer debe existir un equilibrio entre el dar y el recibir
para que la relación funcione. Entre padres e hijos existe
un desnivel natural, no se consigue el equilibrio en la misma medida,
ya que los primeros dan más, y los segundos reciben más.
Los hijos nunca pueden dar a los padres lo que recibieron de éstos,
sino que crecerán y abandonarán el hogar familiar
para dar a otros lo que recibieron. Así fluye la vida. También
la relación entre maestros y alumnos es una relación
entre no iguales.
-
 Hay unas reglas, unas leyes y unas jerarquías según
el tiempo. Quien estuvo antes tiene prioridad sobre el que viene
después; quien tiene más responsabilidad en un sistema,
tiene un lugar prioritario. Así, los padres ocupan el
primer lugar, seguidos de los hijos, por orden de edades, y lo
mismo ocurre entre los hermanos.
El método creado por Bert Hellinger es fenomenológico
y permite acceder a la información inconsciente de un determinado
sistema y detectar dónde están los desórdenes
y las transgresiones. Favorece «soluciones» que ordenan
el sistema, reencontrando los órdenes del amor antes citados.
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Se realiza en grupo, y la
persona que va a trabajar su constelación tiene que marcar
una meta muy clara de lo que quiere y estar abierto desde el corazón
para mirar a su sistema. No es cuestión de curiosidad, sino
de una voluntad profunda de ampliar la mirada y comprender qué implicaciones
hay detrás de algunas conductas o situaciones. El terapeuta
le dirá qué personas debe colocar de su sistema dependiendo
del tema a trabajar. Esas personas se colocan en el espacio guiándose
por su imagen interna intuitiva y se convierten en “representantes” de
la familia o sistema que está constelando la persona.
A partir de este momento nos exponemos al fenómeno
tal como sucede sin intención, y observamos los movimientos
que se producen. El terapeuta tratará de ver donde está el
desorden y tratará de favorecer las soluciones que restituyan
el flujo de la vida en ese sistema donde había quedado interrumpido
siempre que el sistema lo permita, respetando los límites
que se pongan de manifiesto y al ritmo que sea posible.
El terapeuta
se abre a percibir esos movimientos sanadores, se pone en consonancia
con ellos. El paciente observa y se deja impregnar de esas imágenes
sanadoras que le dan otra visión de
los fenómenos de su sistema.
Este trabajo también se puede realizar de
forma individual, aunque el grupo estará presente de diferentes
formas, con muñecos, visualización, tapetes en el suelo,
sillas etc. y se trabajará con los mismos esquemas y metodología
de abrirse a la percepción.
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